La magia de llegar a la meta

Muchos que me conocen saben que, salvo un tiempo que rompí la rutina por una rinoplastía (cirujía de naríz) que me hice, hace años que salgo a correr por el Hipódromo de San Isidro varias veces por semana; a veces hago una vuelta, otras 2, y algunas 3. Es un tiempo que disfruto mucho, me siento libre, me inspira y es una de las pocas cosas que hace que mi mente se tranquilice un poco. También me gustan trayectos más maratónicos. En otras ocasiones, cada un par de meses, hago caminatas de 30KMs. Es un fluir pacífico de ideas…


Si algo aprendí de correr largos trayectos, es que hay una meta, y que cada parte del recorrido es un desafío.
Hay veces que, en el inicio de la actividad, pienso que voy demasiado rápido y mis pies no van a poder con el ritmo (hay días que tengo razón y la cosa se complica). Luego va pasando el tiempo y sólo presto atención en mi circuito de respiración. Es ahí cuando cuando comienzo a desconectarme de todo. Más tarde, sin siquiera imaginármelo, empiezo a llegar a la última parte del recorrido, más de la mitad de los KMs transitados. Esos pies duros empiezan a dudar, y se preguntan, “¿y si paro acá? ¿Por qué no me detengo acá mismo?”. Por alguna razón, yo les respondo: “¡miren lo poco que falta! Dale; sigamos…”; y así llegan los últimos metros, los más complicados. Es el momento en el que te estás por rendir, por la simple razón de que ya fui demasiados lejos; y es en ese entonces, cuando finalmente veo ese cartel, esa indicación de que lo logré; llegué a la meta.

Por eso desde chico me gusta tanto correr y me desafío constantemente con cumplir con todas mis metas en la vida, sin importar los tropezones; porque confío en que los pies de mi existencia, al final de todo van a alcanzar la victoria.

La perseverancia y la auto-disciplina es esencial. Enfocate, poné en tus ojos el lugar al que querés llegar y no te detengas.

 

 

 

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