Discriminación y libertad de expresión

¡Qué bueno que no nací morocho, y que bueno que los morochos nacieron morochos! ¡Aguante la diversidad! …
Siempre pienso sobre como uno percibe a la gente por sus facciones, color de piel o el pelo. Según en el país o ciudad donde te encuentres, si sos blanco podés ser más respetado, y por ser negro te podés salvar de que te asesinen. Es medio feo pensar en eso, pero creo que todos sabemos que lamentablemente, en muchos casos, es así; simplemente porque es el pre-concepto social en el cual nos movemos.
Desde ese paradigma, podemos extraer esas voces de quejas que flotan por el aire sobre por qué nacimos en cierto país, dentro de cierto contexto social o/y económico (…, muy pobre, pobre, clase media, rico, millonario,…), teniendo tal padre y madre, etc., y, por otro lado, conversaciones sobre los diferentes rasgos físicos, talentos, capacidades y diversas características que nos identifica como una persona distinta ante los ojos del universo. Y todo eso es parte de un proceso propio que busca llenar ese paquete de personalidad que está en nuestro anhelo tener. De hecho, algunos ni siquiera piensan en su pelo o su piel como un tema de gran importancia; tan sólo quisieran haber nacido siendo de un sexo distinto al que “su naturaleza humana determinó”.
Más tarde llega el momento en el que tenemos caprichos de hacer que las cosas fueran como nosotros queremos, sin pensar en la mayoría, o, por lo menos, los que la representan. Es decir, comienzo a vivir y a crear mi submundo, anárquicamente separado a lo que las mayorías pretenden.
De todos estos planteos, percepciones de la realidad, búsquedas de identidad y disconformismo social, aparecen una numerable cantidad de situaciones que crean debate y, comúnmente, ante una era de amor-al-yo tan elevado, perjudican el desarrollo de una co-existencia pacífica entre las variadas agrupaciones ideológicas que forman parte de la sociedad.
Un planteo que en la actualidad ha causado muchos conflictos alrededor del mundo es el matrimonio entre personas del mismo sexo. Esto dio debate desde un punto de vista natural, siendo que dos personas del mismo sexo, por vías naturales, nunca van a tener hijos; y además, dio a hablar en lo que respecta a la religión que profesa el país. Por ejemplo: Argentina y varios países de Sudamérica, profesan el cristianismo; y el cristianismo habla de lo bueno que es procrear, explica de muchas formas como llevar a cabo un correcto desarrollo de la familia mediante un padre y una madre, le da un significado sagrado al matrimonio, y, como si todo lo anterior fuera poco, condena la fornicación entre personas del mismo sexo. Pero, al mismo tiempo, ese mismo cristianismo también condena cualquier tipo de relación sexual fuera del matrimonio y habla del cuidado del cuerpo (que puede ser templo del Espíritu Santo), lo cual es una práctica muy común y culturalmente aceptada en nuestro postmodernismo.


Todas esas pautas nos hacen reflexionar sobre la realidad que vivimos, en la que nuestra ideología o fe, o incluso la ideología oficial de un país, no comanda el orden y la convivencia pública, sino que, se podría decir, es el egocentrismo masivo que se transforme en el más influyente, el que liderará el futuro de los límites de conducta de los habitantes de una nación, o del mismísimo planeta tierra.
Otro ejemplo claro inconcluso es la cantidad de críticas que hubieron entorno a la legalización de la marihuana, una droga que, si es correctamente usada, puede pasar a ser de maldita a algo medicinal; sin olvidar el paralelo del cigarrillo, producto legal de consumo masivo que tanto daño hace, el cual causa cáncer a fumadores activos y pasivos (perjudica a terceros), y mata a más de 4 millones de personas por año.

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